

Cuando me di cuenta -de grande- que quería hacer cine, fui corriendo a la escuela a anotarme. Ya era grandecito, soy medio lento a veces. Cuando llegué no me podía anotar… la desesperación me inundó, ne-ce-si-ta-ba empezar a estudiar cine ese año, no podía esperar hasta el siguiente. Y bueno, el tiempo me dio la razón porque si no hubiera empezado ese preciso año no habría conocido a quien hoy mi asistente de dirección, Sole, compañerita de esos años y parte imprescindible del equipo de hoy; ni tampoco se hubiera dado de cadena de acontecimientos que me llevó a conocer a casi todas la gente sin la cual hoy no podría ni filmar un cumpleaños de quince.
Bueno, ya estoy divagando, la cuestión es que no me podía anotar. Empecé a transmitir mi desesperación… hasta que alguien me dijo que el director de la escuela era un tal “Nenemolina”… mirá vos… y ese quién es? De ahí a llamar, averiguar, molestar hasta que di con su número. Del otro lado había una voz ronca, pero cordial. Al principio, expectante… luego interesada.
Nos juntamos a tomar un café y aquel nombre ignorado por mi, tomó forma, cara y actitud. Y detrás de ese tipo canchero, avasallante, había una mirada sorprendida y paternal. Le expliqué de mi cruzada y le dije que si él lograba que yo pudiera entrar a la escuela… y para que entienda que no era un capricho sino una verdadera necesidad que me pedía la panza, las tripas, le prometí que en mi primer película -que te juro que va a existir- él iba a hacer una participación, como cierre, como lacre de aquel círculo que se abría con el favor que yo le pedía. Desinteresado, sin conocerme, dio el salto de fe y me hizo el favor.
En este sábado 27 de agosto de 2011. Me di el gusto y cumplí con mi parte del trato. El gigantesco, adorable, humilde, generoso Nene Molina, escuchó, finalmente, mi grito de “acción” y yo… y yo me emocioné qué querés que te diga…
Gracias.
Lisandro